Teatro Eléctrico

En Obras 3ª Temporada


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Tebeos Crudos – y Entrada 12

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ültimos cromos – números 44 a 48

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Tebeos Crudos – Entrega 7

Portada-DUno de los acontecimientos más esperados si es que la plenitud de la vida gris quiere ser observada, es la procesión de los niños muertos.
El blanco de sus mortajas, como el del papel barato, se ensucia en roperos de olvido, eran niños pardos, de cutis lacado y mirada de vaca, tardos en repartir unas tartas de nata que iluminaban el atardecer como farolas orgánicas o babosas de luz.
Cuando el trance tomaba a uno de ellos y emitía el grito prolongado, como lo pudiera hacer un muñeco de ventrílocuo, la nata de las tartas se esponjaba verdosa y crujía en rumores desde donde asomaban ordinarias palabras, embarradas y espesas, calientes.
Era cuando la tarde se olvida de tener color y el sepulcro que es ciudad se pone en funcionamiento como un juguete.
Ni rastro de las niñas muertas, sólo visibles cuando conducidos grupos entre semana y compacta masa que obedece los semáforos. Siempre comandados por muertas trapezoidales, con sus culos rosa y el sarro de sus palabras. Ésta era una parada de muertos, de niños con el intenso picor de los cadáveres, que ya no tienen manos, que ya pernoctan en su idea fija de haber resucitado.
Como esos oficios olvidados, el convaleciente ya es olvido. La enfermedad.
Roberto murió de la enfermedad de la convalecencia, la prolongada y ensimismada dolencia que hiere silente y enerva. Las orejas de Roberto estallaron al fin una madrugada, por allí lo envolvió la muerte, sus tímpanos aún jadearon unos minutos y murió sin rostro, como un mal anuncio publicitario. Nació convaleciente y expiró sin experimentar la nada, los días que suceden.
– Son muchas calles, pero no me canso – balbuceaba Roberto, el niño muerto.
– ¿Qué tal, Roberto?
– Muerto.

 

 

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Tebeos Crudos – Entrega 6

Página-TC-03-SERIE-ALa tarde se va. Su impostura en la ciudad la viste de adorno y reclamo; apenas se percibe y ya el neón la disipa y ciega. En la ciudad no hay cielo allá arriba; en la memoria de su habitante la tarde que huye es un cromo visto y coleccionado. Memorias satinadas.

Escasos muertos hay ya caminando por las avenidas paseadas por zombis, sólo en ciertos barrios que se alejan y esconden de la novedad. Ya no hay descampados céntricos donde los muertos paseen y miren las hierbas tiznadas de orines de gato. Como lo hacía López Espí, el niño  con sandalias de goma de un color de hueso soleado, el niño y las sandalias. López miraba a las tiernas niñas que tenían prohibido cambiarse cromos en la calle. Aquellas niñas que lo tenían todo prohibido y cambiaban sus estampas con la mirada, ese furtivo ver con las persianas de sus cabellos. López, el niño sin ombligo, nacido sin constatar del vientre adinerado en hija de notario viudo, la solterona Remedios Alcocer, que lo despachó al viento de las tardes que se apagan como las colillas de un fumar a oscuras. López, el niño estrangulado, el niño sin cromos, el pedigüeño de colores. López, como niño muerto, se afeitaba a diario esos procaces pelos del deseo. Y miraba alelado el cambio de tres por uno: un ornitorrinco por tres ratones animados; una cucaracha por tres falangistas con sus arreos.

López, el niño pijo y huérfano, moría a diario a la caída de la tarde como la mala hierba del deseo. Presenciar el espectáculo del muerto que muere y oscurece en las farolas nos hacía estar callados, atentos, asedados de porvenir. Lo contemplábamos como al ornitorrinco o a la holoturia, con la excitación de la aventura de un Purk en pantalón corto de escolar con uniforme o un Jabato desescamado (para mi El Jabato era como un pescado con esa toilette que perpetran las pescateras a melindrosa clientela. Era blando como la leche, melifluo como un escozor aliviado con polvos de talco) Moría a diario, como la caspa, era López Espí, el niño sin cromos al que su madre, la Alcocer, repeinaba a distancia, a esa kilométrica longitud que habitaba su habitación y celda. López era el clítoris perdido, extraviado, de la ablación moral. El eco del placer para Remedios. La presencia del demonio vestido de notario y padre.

La tarde se fue. Su asesinato en la ciudad la viste de colorín y anuncio; apenas se siente y ya el mirón la desabrocha ciego tras la ventana furtiva. En la ciudad no hay nada allá arriba, en la memoria de su paseante la tarde que capitula es un cromo sentimental. Memoria de cuatricomia.

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Tebeos Crudos – Cromos 21 a 24


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Tebeos Crudos – Entrega 5

Portada-CEmilio Gallart murió desconsolado en el preciso momento, aún vivo, en el cual el sentido del vivir se esclarece crudo, breve instante, fugaz, efímero, cuando el paso hacia la muerte, una vez dado, todo lo borra. Saber y olvidar, descubrir y, al cabo, ignorar. Así deambulaba por la calle Avellanas todos los domingos, con cara de repetido cromo levemente pisado en breve huella de goma de aquel zapato con suela color cartílago barato. Hacia el Rastro, donde los colores de la vejez se aireaban entre el gentío y el murmullo de los libros azotaba a las parturientas, pocas, que se aventuraban a por el niño saldado y el bebé desconchado que resultaba falso y mudo.

A Emilio lo percibíamos pocos, el gentío no suele reparar en los muertos y se abisma en el muerto, el supremo hacedor que disuelve; en lo gregario, que se busca en las miradas otras que, a su vez, rebotan muertas. Triste Emilio, con su fajo de Razas de Ediciones Ferca, la genuina.

Murió el primogénito de los Gallart de tristeza aguda, que ataca al píloro, a las puertas del intestino delgado, sin saber cuándo cerrar o abrir la llegada de alimentos aún sin digerir. Porque una cosa es el producto defecado, ya digerido, apreciado como el yo. Y otra muy distinta la masa por desbravar, el ingenio de la mezcla.

Cuando el proceso de digestión gástrica ha finalizado, el píloro se abre. Y Emilio siempre llegaba tarde. Pues esas destrezas se aprenden el la calle y no el cuarto en que lo confinaba su progenitor para alabar, juntos, al señor.

Un día color caucho nos fuimos de aventura, Emilio y yo. Y le adosé unas pinzas a la comisura de sus labios por apagar su tristeza. De Putas, Emilio -le dije- especialistas en píloros de muerto. A cambió le pedí seis cromos del álbum de Ferca, el genuino, para nuestros gastos. Emilio recobró el rosado de sus mejillas, mala señal. Pues el muerto gástrico cuando pretende vivir se arrebola y el colorete le asoma como si el pecado fuera un manjar indecente. Bajamos la calle del Pino y enfilando la plaza del Muerto nos presentamos en La Chata. Mírala bien -le dije- que las columnas del Partenón la tomaron como ejemplo y los juegos florales la disimulan venerada.

Mira por donde, casualidades, su padre salía del local, arremangándose la cremallera, aún con la cenefa del luto paternal y un lamparón colosal. Emilio se ruborizó, mala señal. Son los rezos postmortem -le dije- su expiación. Pero ya era tarde, Emilio corría calle abajo, hacia el infierno del reproche. Y yo allí, plantado como un pasmarote, con los cromos, los genuinos, con aquella Bengalí mirándome con sus ojos de cuatricomía satinada. A mi lado pasó don Emilio senior. Qué haces que no estás en el colegio -me dijo- yo a tu edad ya sabía del cálculo infinitesimal- apostilló.

Pobre Emilio, que aún recorre catedrales en busca de limosnas.

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Tebeos Crudos – Cromos nº – 17 a 20


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Tebeos Crudos – Entrega 4

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Le llamábamos El Pavo, y era marino, porque un enorme bocio le pendía en su papada como si se le hubiese adherido un exótico y macilento animal traído de ultramar, ocre y naranja, verdoso y azulado en el cráter de sus puntas. Andaba erguido y tieso, mirada al frente, imperturbable.

Vivía arriba de casa y se dejaba ver de cuanto en cuanto, en los permisos entre travesías. Reparaba y mantenía a punto el preciso engranaje de la maquinaria de su barco y, también, cierta nostalgia de tierra firme le hacía leer y releer a Galdós como un enamorado transporta la fotografía de su amada coja. Sin embargo era soltero, se suponía, porque apenas hablaba con el vecindario y un escueto “buenos días” certificaba que no era mudo.

Pero lo que a nosotros nos maravillaba era su balcón repleto de conchas de tortuga que aumentaban a cada regreso del mar. Y en cada uno de los caparazones guardaba un cromo. Que robábamos con ansia lanzando un gancho al balcón para engarfiar las conchas. También se lo llenábamos de inmundicia, cualquier basura servía.

El año anterior a su definitiva desaparición, el Pavo, alojó a una mujer en su domicilio. Pepita era su nombre. Dicharachera y gruesa, de mirada azul y senos bíblicos.  Madre de tres niños muertos que deambulaban por las azoteas dibujando con tiza en las paredes barrocas láminas de anatomía quirúrgica.

Pero Pepita, bien viva, pasaba la escoba al balcón y, de paso,  arrojaba cromos e inmundicia al patio ajardinado en lluvia indecente, a decir de las demás señoras que habitaban el inmueble, para hacer sitio a sus enormes bragas recién lavadas como las velas con encajes de un palio. Es una guarra, decía la vecina; es una puta, decía la borracha. Pero a nosotros nos parecían el velamen sagrado del viaje a la vida.

Pronto congraciaron con todos nosotros sus hijos muertos. Que nos dieron parte de excelsos lupanares frecuentados por fascistas y retoños de industrial. Nos repasaban las múltiples enfermedades que otorga el pecado y nos dijeron de cromos de ovarios que pululaban por el pecaminoso extranjero que no adoraba a las vírgenes.

Por hacer una prueba, cierto día, descalabramos a uno de los niños muertos. Y pudimos observar que entre su masa encefálica habitaba el cielo.

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Coleccionables – Cromos #1 – Tebeos Crudos (cromos 13-16)


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Tebeos Crudos – Entrega 3

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Conocí a Esteban Orense en una cacería de gatos que aprestaba con rapidez un safari en el barrio de Marchalenes.

Varas de Plátano como arcos y varillas de paraguas haciendo de afiladas flechas que, sin embargo, solían rebotar en el áspero pellejo de los hambrientos felinos, cubiertos de mataduras resecas y amarillentas pústulas acartonadas. “El cabezón” era el gato a batir. Un minino que, como las vaquillas en los festejos para el alborozo de los mozos de pueblo, se las sabía todas, resabiado como estaba de tanta razia en su honor. Solamente un trofeo le había sido arrebatado al Cabezón en batida mítica, su cola. Que pendía colgada de un gran clavo en una garita ferroviaria en ruinas situada en el interior de un solar.

Aquel día Esteban ofrecía cincuenta cromos a quien batiera al gato. Ya que él mismo no podía por estar convaleciente por la perdida de su ojo izquierdo, brutalmente deflagrado por querer ver de cerca cómo la pólvora esparcida de unos petardos bramaba prieta dentro de un frasco vacío y ocre de penicilina.

Yo, inexperto y debutante, acompañaba a dos niños que habían muerto la semana anterior y no querían abandonar la calle sin darle su merecido a la mítica bestia callejera.

Todo quedó en nada. El Cabezón, de nuevo, escapó ileso. Y mis dos acompañantes regresaron a sus nichos en espera del Purgatorio preceptivo. Lo que más recuerdo de todo aquello era el edor avinagrado de la tez de los niños muertos y un bocadillo de anchoas que me zampé en una sacristía… pero esa ya es otra historia…

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Coleccionables – Cromos #1 – Tebeos Crudos (cromos 9-12)