Teatro Eléctrico

En Obras 3ª Temporada


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Tebeos Crudos – Entrega 7

Portada-DUno de los acontecimientos más esperados si es que la plenitud de la vida gris quiere ser observada, es la procesión de los niños muertos.
El blanco de sus mortajas, como el del papel barato, se ensucia en roperos de olvido, eran niños pardos, de cutis lacado y mirada de vaca, tardos en repartir unas tartas de nata que iluminaban el atardecer como farolas orgánicas o babosas de luz.
Cuando el trance tomaba a uno de ellos y emitía el grito prolongado, como lo pudiera hacer un muñeco de ventrílocuo, la nata de las tartas se esponjaba verdosa y crujía en rumores desde donde asomaban ordinarias palabras, embarradas y espesas, calientes.
Era cuando la tarde se olvida de tener color y el sepulcro que es ciudad se pone en funcionamiento como un juguete.
Ni rastro de las niñas muertas, sólo visibles cuando conducidos grupos entre semana y compacta masa que obedece los semáforos. Siempre comandados por muertas trapezoidales, con sus culos rosa y el sarro de sus palabras. Ésta era una parada de muertos, de niños con el intenso picor de los cadáveres, que ya no tienen manos, que ya pernoctan en su idea fija de haber resucitado.
Como esos oficios olvidados, el convaleciente ya es olvido. La enfermedad.
Roberto murió de la enfermedad de la convalecencia, la prolongada y ensimismada dolencia que hiere silente y enerva. Las orejas de Roberto estallaron al fin una madrugada, por allí lo envolvió la muerte, sus tímpanos aún jadearon unos minutos y murió sin rostro, como un mal anuncio publicitario. Nació convaleciente y expiró sin experimentar la nada, los días que suceden.
– Son muchas calles, pero no me canso – balbuceaba Roberto, el niño muerto.
– ¿Qué tal, Roberto?
– Muerto.

 

 

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