Teatro Eléctrico

En Obras 3ª Temporada

Tebeos Crudos – Entrega 6

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Página-TC-03-SERIE-ALa tarde se va. Su impostura en la ciudad la viste de adorno y reclamo; apenas se percibe y ya el neón la disipa y ciega. En la ciudad no hay cielo allá arriba; en la memoria de su habitante la tarde que huye es un cromo visto y coleccionado. Memorias satinadas.

Escasos muertos hay ya caminando por las avenidas paseadas por zombis, sólo en ciertos barrios que se alejan y esconden de la novedad. Ya no hay descampados céntricos donde los muertos paseen y miren las hierbas tiznadas de orines de gato. Como lo hacía López Espí, el niño  con sandalias de goma de un color de hueso soleado, el niño y las sandalias. López miraba a las tiernas niñas que tenían prohibido cambiarse cromos en la calle. Aquellas niñas que lo tenían todo prohibido y cambiaban sus estampas con la mirada, ese furtivo ver con las persianas de sus cabellos. López, el niño sin ombligo, nacido sin constatar del vientre adinerado en hija de notario viudo, la solterona Remedios Alcocer, que lo despachó al viento de las tardes que se apagan como las colillas de un fumar a oscuras. López, el niño estrangulado, el niño sin cromos, el pedigüeño de colores. López, como niño muerto, se afeitaba a diario esos procaces pelos del deseo. Y miraba alelado el cambio de tres por uno: un ornitorrinco por tres ratones animados; una cucaracha por tres falangistas con sus arreos.

López, el niño pijo y huérfano, moría a diario a la caída de la tarde como la mala hierba del deseo. Presenciar el espectáculo del muerto que muere y oscurece en las farolas nos hacía estar callados, atentos, asedados de porvenir. Lo contemplábamos como al ornitorrinco o a la holoturia, con la excitación de la aventura de un Purk en pantalón corto de escolar con uniforme o un Jabato desescamado (para mi El Jabato era como un pescado con esa toilette que perpetran las pescateras a melindrosa clientela. Era blando como la leche, melifluo como un escozor aliviado con polvos de talco) Moría a diario, como la caspa, era López Espí, el niño sin cromos al que su madre, la Alcocer, repeinaba a distancia, a esa kilométrica longitud que habitaba su habitación y celda. López era el clítoris perdido, extraviado, de la ablación moral. El eco del placer para Remedios. La presencia del demonio vestido de notario y padre.

La tarde se fue. Su asesinato en la ciudad la viste de colorín y anuncio; apenas se siente y ya el mirón la desabrocha ciego tras la ventana furtiva. En la ciudad no hay nada allá arriba, en la memoria de su paseante la tarde que capitula es un cromo sentimental. Memoria de cuatricomia.

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Tebeos Crudos – Cromos 21 a 24

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Autor: micharmut

ectoplasma sólido

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